Sexualidad Sagrada

Sexualidad Sagrada

“El modo de ejercer el acto sexual necesita evolucionar en los seres humanos si queremos disfrutar de una sociedad equilibrada física y mentalmente, en la cual pueda prosperar la verdadera cualidad de lo espiritual.”

 

La sexualidad es, tal ves, uno de los actos instintivos más llamativos del ser humano que ha tenido poca o ninguna variación en el modo de practicarse desde tiempos inmemoriales. Esto quiere decir; que el ejercicio de la sexualidad en sí misma prácticamente no ha evolucionado, ni se ha perfeccionado humanamente hablando. En muchos casos continúa siendo un mero acto reproductivo o un medio para obtener gratificación inmediata, a través de la vivencia del placer sensual- genital.

Podemos decir que la sexualidad humana continúa siendo una práctica vinculada más al ámbito animal de satisfacción instintiva, que a una experiencia humana que nos conduzca a un estado de amplitud de consciencia y realización personal, así como un camino que permita la verdadera manifestación de la cualidad del amor entre dos personas. La esencia de la practica de la sexualidad sigue siendo la misma desde remotas épocas humanas; un encuentro o atracción entre personas que se expresa en la unión de sus cuerpos, en donde lo esencial es llegar a vivenciar el ansiado climax u orgasmo fisiológico. Desde este prisma, por tanto, el acto sexual humano continúa focalizado en una experiencia de estimulación genital y de zonas erógenas, más que un acto en donde verdaderamente se experimente la cualidad energética del amor o un puente que conduzca al despertar espiritual de la pareja que conecte a ambos con otros potenciales humanos.

Si miramos con sinceridad nuestra vida de pareja, sobre todo cuando ella ha alcanzado una madurez en la vida cotidiana, es decir, cuando ya estamos en un camino de vida compartiendo con alguien de manera estable y no en un romance pasajero. Nos damos cuenta hasta que punto la sexualidad se va transformando, progresivamente, en un quehacer más dentro de una apretada agenda de compromisos y acciones que llenan nuestra vida cotidiana. Es decir, se convierte en una acción que sentimos que debemos hacer si se quiere mantener “saludable”, por decirlo de algún modo, la relación de pareja. En este contexto, la sexualidad funciona como un acto de descarga y catarsis físico- muscular, un alivio psíquico y un desenfreno energético de unos cuantos minutos para botar, sobre todo, las tensiones acumuladas en medio del ajetreo de la vida moderna. Además, cumple con ser un un gesto que en la medida que se practique, habitualmente, pretende hacer saber al otro que todavía nos importa y que de ese modo le demostramos nuestro “amor”.

Este tipo de sexualidad en un nivel silencioso, pero muy contundente, esta sufriendo en esta época una intensa crisis y un autentico remezón a manos principalmente de las mujeres. Básicamente porque somos nosotras las que comenzamos a sentir y expresar abiertamente, que este tipo de sexualidad instintiva y genital ya no nos satisface ni nos acomoda en absoluto, es decir, ya no estamos dispuestas a entregar nuestra corporeidad y nuestra emocionalidad a un acto sexual de mero placer y satisfacción primaria, sin atender con ello a nuestra urgente demanda de vivenciar el amor real. El amor como un llamado intenso que grita desde nuestra profundidad y que nos viene a recordar que la sexualidad puede y debe reflejarse como un verdadero encuentro espiritual, un acto sagrado que se conforma en el encuentro genuino con el otro.

Desde esta perspectiva la evolución de todos los esquemas que caracterizan la vida humana en la Tierra, están llamados a perfeccionarse y elevarse en consciencia. Esto representa que cada sector de la compleja red de la realidad está en continua transformación, con tal de alcanzar un estado cada vez más lucido y despierto que permita expresiones cada ves más perfectas y armoniosas aquí en la Tierra. En esto consiste la evolución humana y la sexualidad no esta exenta de esta misma premisa evolutiva de avance y perfección. Por lo tanto, cuando hablamos de sexualidad sagrada nos referimos al transito de consciencia activado por numerosas mujeres en la actualidad, que sienten un poderoso llamado a cambiar el modo en que realizan y vivencian el acto sexual con sus parejas. En el fondo, somos las mujeres las que sentimos la necesidad de elevar este acto a una experiencia espiritual, lo cual implica hacernos cargo de un salto cualitativo en el cual estamos buscando transformar un patrón instintivo en un acto consciente y trascendental. Implica en todos los casos enmarcar la sexualidad en lo que realmente es: un acto sagrado de amor

Por tanto, ¿Qué es la sexualidad sagrada?

Podemos definir la sexualidad sagrada como el acto a través del cual dos seres humanos se unen en una sintonía energética que eleva la vibración material de sus cuerpos; enciende la tonalidad emocional manifestando el amor a través de la unión; suspende naturalmente el plano lógico racional de la mente y transporta a la pareja, en conjunto, a una dimensión que les conecta espontáneamente con un plano espiritual superior.

En este sentido la sexualidad sagrada es un acto que practicado con plena consciencia eleva los cuatro planos del Ser Humano: cuerpo, emoción, mente y espíritu, en donde la unión de estas partes es mayor a la sumatoria de ellas. Sin embargo, para vivenciar esta experiencia es imprescindible que las mujeres dejemos de ver la sexualidad como un acto de descarga tensional fisiológica o de mera estimulación genital. Podemos convertir la sexualidad en algo sagrado en la medida en que conectemos con ella como un acto de alquimia energética superior, en la cual la sintonía de estos cuatro planos del Ser se alineen para transportar al ser humano a una experiencia trascendental que le permita el contacto con lo sublime y divino de su propia existencia. Representa, entonces, un puente que eleva y expande la consciencia individual a través de una perfecta alineación energética con otra persona, en donde se consigue una melodía armónica de dos instrumentos que se afinan, complementariamente, para trascender sus propias limitaciones individuales y así acceder a un TODO mayor. Este es el tipo de sexualidad con el que verdaderamente conectamos las mujeres.

Desde esta perspectiva ¿cómo podemos definir, entonces, nuestra manera de vivenciar el amor? El amor, como tal, es un concepto de múltiples manifestaciones y es complejo establecer parámetros absolutos para definirlo. Sin embargo, una de sus expresiones en la naturaleza femenina se manifiesta por medio de la sexualidad sagrada, como un acto de unión integral entre dos seres que permite atravesar las fronteras de la individualidad y el ego, para entrar profundamente en el reino de unificación con el TODO. Por lo tanto, la vivencia de la sexualidad sagrada desde el prisma de la mujer no se define por un clímax u orgasmo medible fisiológicamente; de hecho, la eyaculación masculina o el orgasmo femenino pueden estar o no presentes durante el acto, pero, en si mismos, no definen el objetivo central del encuentro amoroso. Para una mujer calidad de la experiencia en la práctica de la sexualidad sagrada se define, más bien, por la posibilidad de vivenciar una profunda unión con una dimensión interior que se intuye superior a uno mismo la cual se consigue atravesando el puente que nos brinda el otro. Representa dar con un escalón de elevada frecuencia vibratoria que permite sentir la unidad energética que late tras la realidad aparente suspendiendo, para ello, la fijación y el anclaje que suele determinar el cuerpo físico y la mente. Implica entrar, a través del otro, en un nivel de contacto mayor con uno mismo y descubrirse en otro nivel de experiencia humana, en donde el placer sensual inicial marcado por los sentidos, pasa a un segundo plano de importancia al vivenciar una especie de sobrecogimiento espiritual ante la belleza y magnetismo que ejerce este acto de amor.

Cuando el encuentro entre dos personas se sostiene en esta dimensión de “sagrado” queda, en ambos, una huella vibratoria que se mantiene en sus respectivos campos energéticos ejerciendo un efecto profundo que perdura mas allá del instante del encuentro. Esa es la semilla de amor que se ha sembrado en cada uno, y no es el otro quien la ha plantado, sino que es uno mismo quien la descubre como algo íntimo y vivo latiendo en su propio interior. De este modo, se entiende que el amor es una experiencia que se tiene primeramente en el encuentro genuino y puro con uno mismo y solo entonces es posible compartir esa dimensión con otro.

De este modo, la posibilidad de que cada vez más mujeres puedan abrirse a concebir y practicar esta sexualidad sagrada y guíen a sus parejas en el camino de ejercerla como un camino de despertar espiritual, experimentarán una profunda transformación que cambiara drásticamente la vida en pareja sobre la Tierra. En tanto comprenderán que no es relevante la cantidad de veces a la semana que se tienen relaciones sexuales, sino la cualidad de consciencia que se imprime a ese acto. Entenderán, en definitiva, que no es un acto corporal disociado de sus estados de consciencia, sino que en sí misma es un acto que eleva y trabaja sobre el plano consciencia individual y sobre el plano de consciencia colectivo, por tanto, elevar su sintonía es un paso evolutivo que debemos dar todos en conjunto para construir una sociedad humana en donde los seres que habitan en ella han sido concebidos por corrientes energéticas de consciencia superior, que expresan la verdadera cualidad vibratoria del amor.

 

Carolina León
Psicóloga Energética
Aquaria_terapias

 

 

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