Maternidad, la profunda metamorfosis de la mujer

Maternidad, la profunda metamorfosis de la mujer

Si le preguntas a una mujer cual ha sido la experiencia de vida que más ha transformado su ser, la mayoría de ellas te responderá lo mismo: la maternidad. Desde la superficie hasta la medula del ser, esta vivencia lo remueve absolutamente todo: el cuerpo, las emociones, los pensamientos y hasta los más recónditos rincones del alma se abren a una nueva dimensión de consciencia.

Sin embargo, este profundo transito de vida toma a muchas mujeres por sorpresa porque las lleva de un mundo en donde están habituadas a controlar casi todo, a una realidad en donde no se controla casi nada y eso, sin duda, despierta ciertas incertidumbres y ansiedades. Como mujer y ser humano uno se encuentra de lleno ante la sobrecogedora interrogante sobre cómo cuidar y proteger la nueva vida, cómo sostener la fragilidad de esa maravillosa existencia y surge la cuestión sobre las propias capacidades para ser la guardiana de vida de ese bebé. En este contexto es que nos surge, entonces, una pregunta aun más fundamental: ¿existe algún modo particular de entrar en esta etapa de la vida que llamamos maternidad? ¿Cuales son las claves básicas para abordar el oleaje emocional, mental y corporal que se despierta en los primeros años de esta experiencia? y ¿Cómo podemos disfrutar y confiar en todos los cambios que se sobrevienen?

La respuesta a estas preguntas es solo una: preparación integral a la experiencia. Como todo cambio que sabemos que sucederá, la mejor estrategia para sobrellevarlo es anticiparse y preparase para recibirlo. Esto implica trabajar sobre uno misma de un modo holístico afinando conjuntamente los cuatro planos de nuestro ser: cuerpo, emociones, mente y nuestra visión espiritual, porque son principalmente estas áreas las que se verán removidas desde el inicio de la gestación y lo continuarán haciendo durante el primer septenio de vida del niño (primeros 7 años de vida).

De este modo, los cambios que se suceden en la mujer-madre comienzan por reflejarse en primer lugar en la vivencia del cuerpo. Hay algo profundo que cambia para siempre en la química corporal de una mujer y es necesario saber cómo ir adaptándose a ello. Por otro lado, en el plano emocional emergen sentimientos complejos y variables que en su mayoría resultan desconocidos para la mujer; tanto pueden activarse angustias y dolores latentes que se hallaban en el plano inconsciente, como encenderse las más bellas cumbres de inspiración y amor universal. En cualquier caso, algo global madura en las emociones de la mujer que la llevan a sentir, de ahí en adelante, la vida y las relaciones de un modo diferente. En el plano mental, se alteran y remueven sus más arraigados pensamientos ya que las creencias y certezas en las cuales sostenía casi toda su realidad se ve drásticamente cuestionada (ocurre un cambio de paradigma). Por ultimo, se acrecienta en el interior de la mujer una intensa necesidad de alimentar un plano espiritual más profundo, el cual le ayude a cursar este transito de su existencia y dé respuestas a muchas de las interrogantes que surgen en torno a la vida y su sentido mayor. La maternidad es, a todas luces, lo que podríamos catalogar como una clásica crisis de la existencia, ya que todo lo que ocurre antes, durante y después de ella, sacude los cimientos de vida de una mujer.

La respuesta más sensata ante esta singular crisis de transito de la vida, es prepararse atendiendo de un modo consciente y paciente a cada uno de los cambios que ocurre en los cuatro planos del ser. Conlleva, por tanto, desde la gestación en adelante, adentrarse en la auto-observación de sí misma para conocer lo que se está moviendo en el ser y seguir el curso de esos cambios durante los primeros años de la crianza. Para ello es fundamental que la mujer pueda aceptar lo que se activa sin enjuiciar o criticar lo que se está moviendo y lo que está sintiendo, sino que simplemente tratar de tener una actitud de aprendizaje y respeto con todo lo que se manifiesta. A veces, lo más simple es lo más complejo de hacer, y algo que nunca nos enseñaron a hacer es a observarnos a nosotras mismas; observarnos simple y llanamente, sin mandatos o exigencias pre-concebidas, observarnos para aprender a conocernos. Atendemos y damos importancia a los que nos dicen desde afuera y olvidamos que la entrada a la maternidad es un transito de vida personal, íntimo e intransferible, por tanto, la vivencia de otra persona no es la misma que la nuestra porque siempre hay algo diferente (contextos y experiencias). Asique si durante los primeros años en los que te encuentras ejerciendo tu maternidad, te sientes confusa sobre como alimentar a tu bebe, cuanto abrigo necesita, cómo hacerlo dormir, si seguir trabajando o renunciar, si es bueno dormir con él o dejarlo en su cuna, y luego sigues avanzando con el sinnúmero de preguntas sobre lo que es bueno y malo durante los primeros años de su crianza. Te invito a que observes delicadamente tu propio acontecer interno, porque seguramente muchas de las respuestas a tus preguntas están latiendo en ti misma, en espera a que actives el don de tu intuición materna, es decir, el don de saber, lo más acertadamente posible, lo que necesita tu hij@ en las diferentes etapas de su desarrollo. Este don está al servicio de la maternidad cuando una mujer ha hecho el proceso previo de auto-observarse para llegar a conocerse lo suficiente en esta nueva faceta de sí misma; solo así descubrirá que en la medida en que se escucha y se da lo que necesita, es cuando mejor preparada se encuentra para atender las necesidades de otro. Por lo tanto, si es capaz de escuchar y dar lo que expresa y pide su cuerpo; si es capaz de respetar sus fluctuaciones emocionales tal y como vienen y si puede acoger las incertidumbres y dudas que reflejan sus pensamientos, además de satisfacer sus demandas espirituales. Entonces esa mujer se estará dando el permiso para transformar su ser en la experiencia de ser madre de una manera rítmica y armoniosa, sin la necesidad de tener que cumplir con las expectativas de otros y sin asfixiarse con las propias exigencias aprendidas y escuchadas sobre lo que se supone que es ser madre.

La maternidad es una experiencia genuina, orgánica e irrepetible, una oportunidad que cada mujer se merece vivir del modo en que sienta y crea, porque es un derecho que le pertenece como ser humano. Ser madre es un regalo que la naturaleza da a las mujeres y una escuela inigualable que nos brinda la vida, preparase a ella, es preparase a conocerse más profundamente a uno misma.

Carolina León

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